VE DEME: Life in an orphanage in Ghana

"Ve Deme: La vida en un orfanato de Ghana" es un proyecto que refleja la vida de 73 niños, de entre 2 y 23 años, que
viven, hoy en día, en el Orfanato de Ve Deme, aldea en la región
de Volta, Ghana.
Regentado por una familia local desde hace dos generaciones,
ofrecen refugio, alimento, vestido, enseñanza básica y tiempo de
ocio a niños y niñas huérfanos o procedentes de familias sin recursos.
Durante Junio/Julio de 2019 realicé funciones de voluntariado en
dicho orfanato, conviviendo con los menores y colaborando en la
enseñanza diaria de inglés y matemáticas. Dicha experiencia me
ha permitido vivir su realidad "in situ" y perpetuar mediante la
fotografía momentos especiales de su día a día así como de su
forma de vida.
La colección incluye retratos, fotografías de infraestructuras y
de actividades llevadas a cabo por los residentes.

El orfanato se sitúa en un basto terreno cerca de la ciudad de HoHoe. Los edificios, construidos por ellos, se distribuyen de manera ecléctica y se levantan según sus necesidades.
Las estructuras principales son: Una escuela donde se imparte clase a los más mayores y hace a su vez de iglesia; el dormitorio de los niños y clase para los más pequeños; la casa del director y su esposa, y un par de estructuras para la acogida de profesores.
En la imagen se observa el bloque de clases de los niños de entre 5-13 años en el que impartía clase.

A cada niño se le facilitaba un cuaderno, una mochila y lápiz de los cuales debían hacerse cargo. El horario de las clases era de 8:00-10:00h, un descanso de media hora, de 10:30-12:00h, una hora para comer y de 13:00-14:00h.
La fotografía muestra el aula en la que enseñaba a niños de 9-10 años.

Aunque era poco habitual que los niños no saliesen a jugar durante los descansos, en esta ocasión, Amos, Bright y Chris se quedaron absortos mirando un libro ilustrado que había traído.

Una de las técnicas que apliqué a la hora de dar clases fue el refuerzo positivo. Había observado que los niños estaban poco motivados y se les enseñaba con miedo al castigo por lo que me aseguré de que supiesen que sus esfuerzos estaban siendo valorados.
Otra forma de potenciar su motivación y el compañerismo fue introducir al final de cada clase un “quizz” en el que dividía a los alumnos en 2 equipos y entre ellos debían llegar a la solución sobre preguntas que habíamos estado viendo en esa sesión.
La fotografía la tomé en uno de los quizz. Uno de los niños de otra clase solía ponerse en el muro que separaba las aulas e intentaba participar.


El orfanato, siendo una organización pública cristiana, establecía un código de vestimenta durante los días lectivos. El uniforme consistía en una camisa y pantalón azul para los niños y un vestido para las niñas. Muchos de los alumnos solo tenían uno que usaban a diario y lavaban con regularidad.

Durante la hora de la comida, se repartían platos de plástico con arroz y huevo o pasta. La gran mayoría de productos que consumían eran autoproducidos. La familia arrendaba un terreno en el que cultivaban hortalizas y como pago al dueño, le daban 1/3 de la cosecha obtenida.
Solo algunos niños traían de casa la comida.
En la imagen, Michael, se está comiendo unos spaghetti que le han preparado de casa, directamente de una bolsita de plástico.
La producción de botellas y tuppers de plástico o cristal es costosa por lo que muchas veces se recurre a la utilización de bolsas.
El agua “embotellada”, por ejemplo, se envasaba en bolsitas cúbicas de medio litro, las cuales bebía mordiendo una de las esquinas.


Un día, Abraham cazó unos de los pollos que corrían por el orfanato y quiso enseñarme el proceso de preparación.

En primer lugar, se hierve el agua para escaldar el pollo y poder desplumarlo con facilidad. Para ello se utiliza una especie de sartén similar a un wok directamente sobre fuego.


A continuación, se despluma y, haciendo uso del mismo machete con el que le quitaron la vida se limpia y trocea. Se usa el mazo de un mortero como tabla de cortar.


Este proceso se vive con naturalidad. Durante la limpieza del pollo, Abraham invitó a uno de los niños para que le ayudase.
Por último, los restos se descartan.

El cobertizo era el hogar de una pareja de profesores y su hija recién nacida.

Los baños que usaban los niños estaban en un estado pésimo. El orfanato contaba con 3 duchas para los 73 niños. Por ello, el día comenzaba a las 04:30h. Golpeando una estructura metálica con un palo, a forma de despertador, los niños comenzaban con sus tareas domésticas: limpieza de habitaciones, ropa y ducha.
La ropa se levaba a mano en un riachuelo a pocos metros del orfanato.
El agua que consumían, se extraía del suelo con una bomba. Este agua, potencialmente mortal para la gente extranjera, se utilizaba para beber y cocinar.


Durante mi estancia en el orfanato redescubrí la capacidad de los niños de usar la imaginación y crear juegos de la nada. Jugué durante horas a “Coke or Fanta” un juego parecido a “Piedra, papel o tirejas” pero con solo 2 posibilidades.
El niño de la fotografía es Kakra, uno de mis alumnos y residente permanente del orfanato. Cuando le pregunté que querría ser de mayor me dijo que soldado como había sido su padre.
Kakra era un niño extremadamente alegre e inteligente y le encantaba acompañarme a hacer fotos por las tardes.
En una ocasión, mientras descansaba en un banco, cogió mi trípode y a grito de “Im the best photographer in America”, se dedicó a hacerme una sesión de fotos.


Este niño es Paquito. Antes de que él naciese, un sacerdote misionero ayudó a su familia, y sus padres en honor a él, llamaron a su hijo Paquito.
En Ghana es habitual llamar a los hijos según el día de la semana en el que hayan nacido, en honor a una persona preciada para la familia o según el sentimiento que experimentan los padres al nacer sus hijos. Por ejemplo: Bright, Charity.
Paquito, junto a su amigo Tofu eran de los más pequeños del orfanato y solían jugar juntos. Les encantaba hacerse fotos y verse en la pantalla de la cámara.

Durante una improvisada exhibición de los niños en la que demostraban cuántas veces podían golpear la pelota sin que tocase el suelo, el balón desprendía demasiado polvo y residuos, por lo que la niña de la imagen decidió ir a su cuarto a por una solución.
Las gafas que se puso son las que utilizan para fumigar las habitaciones.

Una mañana, antes de comenzar las clases, me encontré con una escena inusual. Abraham había cogido la carretilla y estaba jugando con los mas pequeños intentando pillarles.


El orfanato era prácticamente una gran familia. Los mayores cuidaban de los pequeños y éstos a su vez, a los todavía más jóvenes. Crecer se convertía en un juego y cuidar, en la norma.


Los más mayores y aquellos que ya habían acabado los estudios primarios y todavía vivían en el orfanato trabajaban en el campo. Por las tardes regresaban y disfrutaban de su tiempo libre juntos.

En los juegos todo el mundo estaba invitado. En el centro de la fotografía se muestra a Emmanuel, el director del orfanato. Ver jugar a los mayores se convertía en todo un espectáculo para los más pequeños.
Debido al mal estado de las carreteras, el transporte más común eran las motocicletas. Gracias a la falta de regulación vial, era común ver a familias enteras en una moto.
Esta fotografía la tomé mientras fotografiaba un partido de futbol. Uno de los mayores atravesó el campo subido a la moto asustando a uno de sus amigos.


Cuando eres niño todo parece convertirse en una competición. Poco antes de tomar esta fotografía, Sarah, una de mis alumnas me había pedido que le fotografiase saltando a la comba. Un par de minutos más tarde, Isaac, me pidió que hiciese lo mismo, proclamando que él podía saltar más alto y rápido.
En la fotografía se observa a Isaac y en el fondo a su hermana que venía detrás de él.

Algunos de mis alumnos jugando en el descanso entre clases. Los juegos eran extremadamente físicos, dotándoles de una increíble resistencia a caídas y golpes.
La falta de atención a las heridas y picaduras se reflejaba en forma de cicatrices en brazos y piernas.


Sarah (derecha) y su hermano (centro) con sus amigos. A los niños les gustaba que les hicieran fotografías, verlas, cambiar de pose y volver a empezar.
Michael era un joven invidente que durante su tiempo libre, escuchaba una pequeña radio transistor. Siempre acompañado de la mano de alguno de los mas jóvenes para desplazarse, Michael tenía un don para el canto. Había memorizado gran parte de la biblia y era el encargado de, junto a una de las profesoras, conducir las misas y dar sermones.


Empezando a ser ya de los mayores, Abraham era un joven con muchísimas ganas de aprender y enseñar. Se encargaba de cuidar a los pequeños y realizar tareas de mantenimiento en el orfanato y durante su tiempo libre, disfrutaba jugando y leyendo.


Sarah y Annabell eran dos de las mejores alumnas de mi clase y mejores amigas. Annabell era extremadamente competitiva y le gustaba ser la mejor en todo. Sarah por el contrario se conformaba con hacer las cosas bien y de vez en cuando, dejaba ganar a Annabell. Cuando mandé, como deberes a mis alumnos, escribir sobre su mejor amigo, ambas escribieron sobre la otra.

Isaac, no siendo un alumno de mi clase se encargaba de ser mi sobra. No solía hablar mucho pero le gustaba acompañarme a hacer fotos y aprender sobre la cámara. Le nombré ayudante oficial y encargado de llevar el trípode, título que aceptó orgulloso. Tuve que explicarle que no pasaba nada si otros niños tocaban el trípode.

Amos y Emmanuel eran, probablemente, los alumnos más divertidos de mi clase. Amos era muy buen alumno y aunque bastante callado, destacaba por sus comentarios graciosos. Emmanuel, por otra parte, era el alumno al que más le costaba seguir las clases. Podía ser increíblemente trabajador pero se desmotivaba con facilidad. Más de una vez les llamé la atención por pasarse las respuestas de los exámenes.

Siendo uno de los niños más pequeños del orfanato, Tofu estaba lleno de energía. Aún teniendo muchos amigos, no era raro verle jugar solo. Con sus enormes ojos negros y sonrisa pícara tenía a todo el mundo enamorado. Él, Paquito, Isaac y Kakra eran el grupo que solía acompañarme a hacer fotografías una vez finalizaban las clases.

Mi experiencia en Volta Home for the Children fue incriblemente enriquecedora, a la par que moralmente conflictiva.
En un principio, mi trabajo lo realicé en Accra, la capital de Ghana. El problema fue el poco impacto que tenían lo voluntarios allí. Habiendo casi un voluntario por alumno y trabajando solo 2 horas al día sentí que el no estar allí tampoco supondría un gran problema por lo que, tras conocer a 2 chicas españolas con la misma mentalidad, viajamos hacía el norte en busca de un lugar con verdadera necesidad de profesores voluntarios.
Puede sonar a cliché pero, aunque fuese como profesor, acabé aprendiendo más de ellos de lo que ellos pudieron a prender de mí. Lecciones sobre humildad, generosidad y felicidad que me llevé conmigo una vez volví a España.
Fue por la necesidad de "agradecerles y compensarles" por lo que nació este documental.
El director me comentó que ellos viven a base de lo que cultivan y de ayudas de la ONG “Dream Africa” y donaciones privadas. Por ello, cuanta más cobertura y exposición tuviera el orfanato, más gente podría hacer donaciones y ayudar.
Así pues, durante las tardes, me dediqué a documentar la vida de los niños y niñas en el orfanato. Y, al llegar a España, realicé varias exposiciones y ventas de "prints" con los que pudimos pagar los estudios universitarios a varios de los jóvenes más mayores.